
La escena fue tan impactante como inusual. Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, comparecieron este lunes ante un tribunal federal de Manhattan en una audiencia que combinó silencios tensos, gestos calculados y estallidos verbales, mientras la justicia estadounidense avanza en una de las causas más resonantes de los últimos años por narcotráfico y delitos vinculados a armas.
La audiencia, que no fue transmitida por televisión, se desarrolló en la sala del juez Alvin Hellerstein y duró alrededor de 40 minutos. Quienes lograron ingresar describieron un clima cargado de expectativa y tensión, con cada movimiento seguido de cerca por periodistas y observadores internacionales.
Maduro ingresó al recinto escoltado por agentes federales. El sonido metálico de los grilletes en sus tobillos precedió su aparición. No llevaba esposas en las manos, pero sí cadenas visibles en los pies. Vestía pantalón caqui, camisa azul sobre otra de color naranja fluorescente y calzado penitenciario.
Antes de sentarse, se giró hacia la galería pública y lanzó una frase que descolocó a los presentes:
“Happy New Year”, dijo en inglés, con una leve sonrisa. El comentario provocó murmullos inmediatos entre los asistentes.
Durante buena parte de la audiencia, el exmandatario venezolano tomó notas en un cuaderno de hojas amarillas, subrayó documentos del expediente judicial y se mostró concentrado, con la mirada fija en la mesa de la defensa.
Minutos después ingresó Cilia Flores, caminando más lentamente y también escoltada por agentes. Llevaba el cabello recogido, uniforme carcelario y dos apósitos visibles en el rostro, uno en la sien y otro en la frente. Su actitud fue seria y contenida. Evitó mirar al público y permaneció en silencio casi toda la audiencia.
Ambos utilizaron auriculares para seguir la traducción simultánea del inglés al español.
El juez Hellerstein, de 92 años, abrió la sesión con un comentario irónico sobre su estatura y los micrófonos del estrado, lo que relajó brevemente el ambiente. Luego avanzó con la lectura de los cargos: conspiración para el narcotráfico, narcoterrorismo y delitos relacionados con armas.
Mientras se enumeraban las acusaciones, Maduro negó suavemente con la cabeza.
Al momento de confirmar su identidad, respondió con su nombre completo, pero inmediatamente fue más allá del protocolo:
“Soy el presidente constitucional de la República de Venezuela. Estoy aquí secuestrado desde el 3 de enero. Fui capturado en mi casa”.
El juez lo interrumpió de inmediato y le aclaró que habría un momento procesal para exponer ese tipo de argumentos. Ante una nueva pregunta, Maduro se limitó a confirmar su nombre sin agregar nada más.
Más adelante, declaró:
“Soy inocente. No soy culpable”, alternando ambas expresiones en español.
Cuando fue su turno, Cilia Flores se identificó como primera dama de Venezuela y habló con voz baja:
“No culpable. Completamente inocente”, afirmó, sin extenderse.
A diferencia de su esposo, no volvió a intervenir y permaneció inmóvil el resto de la audiencia, con las manos apoyadas sobre la mesa.
Ni Maduro ni Flores solicitaron libertad bajo fianza en esta instancia, por lo que permanecerán detenidos en el Metropolitan Detention Center mientras avanza el proceso judicial. Sus abogados, sin embargo, dejaron abierta la posibilidad de solicitarla más adelante.
La defensa de Flores pidió atención médica urgente, asegurando que sufrió “múltiples lesiones” durante su detención y solicitando estudios, incluyendo radiografías por una posible fractura de costillas.
Maduro, por su parte, pidió conservar las notas que había tomado durante la audiencia. La fiscalía respondió que coordinaría con las autoridades penitenciarias.
El momento más tenso se produjo hacia el final de la audiencia, cuando un hombre desde la galería gritó que Maduro debía pagar por sus crímenes. El juez ordenó su inmediata expulsión. Mientras era retirado, el acusado se giró y respondió a los gritos:
“¡Soy un presidente secuestrado! ¡Un prisionero de guerra!”
Al levantarse para abandonar la sala, un alguacil federal le quitó un bolígrafo que había guardado en su cuaderno.
El juez Hellerstein fijó la próxima audiencia para el 17 de marzo. Maduro y Flores abandonaron la sala escoltados, sin mirar atrás.
Para muchos de los presentes, la escena resultó difícil de procesar. Sin cámaras ni transmisión oficial, cada gesto fue observado con atención. Mientras el caso avanza en los tribunales estadounidenses, la causa ya despierta una fuerte expectativa internacional y es seguida de cerca por una sociedad venezolana que ve, por primera vez en años, la posibilidad concreta de rendición de cuentas.